|
Principal
¿Que es DiproRed?
Programa
Cursos
Perfil de los participantes
Conferencias
Sitios de interes
Libros
e-mail
|
|
DEVELANDO
EL LENGUAJE DE LOS JÓVENES EN RIESGO
Prof. Lic. Pablo D. Melicchio
Lic. En Psicología U.B.A.
Investigador, Coordinador Técnico de la Casa de Admisión del Circuito Penal
del Consejo Nacional de la Niñez, la Adolescencia y la Familia. Ex - integrante
del Equipo Técnico del instituto Rocca
pablo_melicchio@ciudad.com.ar
La ética del psicoanalista está íntimamente correspondida con lo que
acontece entre el analista y el paciente, analista que acompaña y hace de
soporte al sujeto sufriente que consulta, abordando su ser único, su
singularidad, hacia el encuentro de su deseo y al arribo de una verdad que el
sufriente, en calidad de paciente, ignora. Por lo tanto se trata del
desciframiento de las causas que motivaron el dolor, dolor que es diferente
en cada uno. Esa verdad a la que se arriba, y las demás cuestiones que fueron
irrumpiendo para ese hallazgo, deben ser guardadas (a eso llamamos el secreto
profesional) hay una verdad íntima que se anuncia en el marco del
tratamiento, pero que los otros no deben saber, el psicoanalista debe
impedir, desde sí, el anuncio, guardar silencio. En ultima instancia, podrá
hacerlo pero a condición de velar la identidad del paciente, modificando todo
dato que pudiera delatar de quien se trata. Así los profesionales podemos
mediante escritos o Ateneos, exponer el Caso, dando cuenta del trabajo
realizado, pero solo a condición de sostener el velo.
La posición ética de un investigador, presenta cierta similitud con la del
analista, en el sentido de que va accediendo a zonas oscuras, ignorando qué
es lo que se oculta allí, como un antropólogo que cavando y halla restos de
una cultura arcaica. Pero concluida la investigación, corresponde anunciar a
la comunidad, los hallazgos obtenidos, para contribuir al avance del
conocimiento científico, ese es su deber, anunciar la verdad sin máscaras,
pero, preservando las identidades.
En el caso de quien les habla coinciden ambas posiciones, la de psicoanalista
e investigador, es por ello que en primera instancia anunciaré a ustedes,
contundentes datos acerca de una investigación reciente , realizada en
conjunto con el politólogo Germán Sarlangue desde el Servicio Unción de la
UCA, investigación que trata del análisis de aproximadamente 800 adolescentes
"Detenidos" en institutos de máxima seguridad y como consecuencia
de diversas causas jurídicas en las que se vieron implicados. Anunciaré
estadísticas que exhiben conclusiones hasta hoy adulteradas, quitando así las
máscaras sostenidas por los vulgares que hablan a la sociedad sin sustento
científico. Solo permanecerán ocultos los rostros velados de cientos de niños
y adolescentes que al momento de la investigación esperaban la libertad,
libertad que posiblemente no habían conquistado ni antes de ser encerrados.
Sabrán comprender, los anuncios se tornarán denuncia de una realidad
sumamente compleja.
Entre los aproximadamente 800 adolescentes internados, nacidos en el año
1981, solo el 27% de los analizados vivían en un hogar constituido por ambos
padres Biológicos, el 32% solo con la madre, el 11% solo con el padre, el 17%
en una familia ensamblada, (es decir con un progenitor y un padrastro o
madrastra, hermanastros, etc.) y casi un 6% se trataba de niños en situación
de calle, sin familia. En una palabra, casi el 73% de los hogares había
sufrido la separación o pérdida de uno o ambos progenitores.
Confirmando, científicamente, lo que la práctica clínica institucional venía
anunciando, el padecimiento de los niños y adolescentes en situación de
riesgo, asociado entre otras cuestiones, básicamente, a fallas y
desintegración en la estructura y dinámica familiar, con una marcada ausencia
de la figura paterna o con una presencia y un poder cada ves más limitados.
Padres que no pueden, por diversas razones, cumplir con las funciones que les
conciernen.
La misma investigación refuta terribles Mitos Sociales, entre ellos el que
estigmatiza, con desleal injusticia, a las poblaciones humildes, residentes
en barrios de emergencia, el 45% de jóvenes ingresantes, casi la mitad,
provenían de históricos barrios porteños y solo el 21% de villas. Seguramente
alivia localizar "la delincuencia" en las villas, pero
lamentablemente, para los que inventaron ese recurso, apunto que: las
carencias, el abandono y la trasgresión, se localizan en todos los ámbitos
barriales.
En lo educativo hay otro dato categórico, el 29% no alcanzó el 7mo grado,
comprobándose a su vez que el sistema estatal y privado de salud y educativo
no se encuentra eficazmente desconcentrado territorialmente, advirtiéndose
una significativa carencia de tales prestaciones, en los barrios con mayor
cantidad de jóvenes institucionalizados.
En lo que hace a la edad, es entre 16 y 17 años la que concentra la mayor
cantidad de ingresos, siendo de los hechos calificados como delitos, a pesar
del sensacionalismo mediático, los hechos contra la propiedad el 80%,
ascendiendo el uso de armas cada año. A medida que la clase 81 analizada, iba
creciendo, la misma dejaba atrás las causas de ingreso por motivos
asistenciales para implicarse a partir, principalmente de los 16 años, en
hechos vinculados contra la propiedad. Entonces podríamos peguntarnos ¿Qué
sentido tendría disminuir la edad de inimputabilidad, si la franja con
mayores conflictivas es la que va entre los 16 - 18 años? Edad en la que
comienza a comprenderse lo vivido y sufrido en los primeros años de vida,
pero edad también en la que comienza a intentarse conquistar un lugar en la
sociedad, lugar que tal vez ya se lo intuya como inaccesible.
Si tienen entre 4 y 10 años aproximadamente, todavía algunos se movilizarán
ante los niños en situación de calle, pero si son adolescentes los que se
encuentran a la deriva por la ciudad, seguramente pocos van a sorprenderse,
muchos a cuidarse. Entonces los jóvenes apelarán con otras acciones, aunque
algunas sean socialmente ilegales, buscando conmover al adulto, porque tal
vez lo vienen intentando desde niños, sin que surjan figuras representativas
capaces de orientarlos.
Continuando con los datos obtenidos en la investigación, en lo que hace a
los reingresos, el 82% de los casos investigados ingresó, en los diez años de
análisis, entre uno y dos veces al sistema de seguridad. Ya en una
investigación anterior habíamos comprobado y refutado otro Mito Social, entre
los años 1995 y 1998 no ascendió la cantidad de ingresos a los institutos de
menores, pero sí aumento el tiempo de permanencia en el encierro en los
últimos años, concentrándose la mayor cantidad de casos, dentro de los dos
meses de encierro y hasta más de un año. Es decir que, contrariamente con lo
que circula socialmente, la cuestión no es que los jóvenes entran y salen
rápidamente por la misma puerta que ingresaron, ya que permanecen como mínimo
dos meses. Tiempo por demás significativo que dejará en la vida de varios
jóvenes más que una causa jurídica: las marcas que la maquinaria del encierro
perpetró, aplastando su singularidad, en le hacinamiento y en un ambiente
dónde la violencia es, primordialmente, el modo de subsistencia, como también
sucede muchas veces en el afuera, pero con el nada relativo agregado del
encierro.
Ahora es tiempo de algunas consideraciones. El psicólogo en las
instituciones cerradas debe, para encarnar su función, en primera instancia,
desasirse del lugar donde será ubicado por el adolescente, en tanto otro
agente o eslabón de la maquinaria jurídica que lo interrogará nuevamente,
para ello ofertará un lugar diferencial para que el joven pueda hablar de lo
que le sucedió y lo que le sucede, sin que se centralice el diálogo en lo
concerniente a la causa jurídica, en la que posiblemente se haya implicado.
Lo que intentaremos en el espacio del tratamiento, es que se implique, pero
en su historia, donde la causa de ingreso sea tal vez, como en un sin-número
de casos, la ultima señal de alarma que halló, el grito pidiendo ayuda para
movilizar a un otro. Recién ahí, cuando el joven, en el espacio terapéutico,
sienta que hay algo más que aquello por lo que fue detenido e
institucionalizado, que lo cardinal no es solo la causa jurídica, sino lo que
la causa vela, el porqué llegó a poner su vida o la de otros en riesgo, ahí
recién podrá comenzar a operar una metamorfosis en su posicionamiento
subjetivo, terreno en el que se podrá maniobrar para el cambio posible.
La práctica clínica me autoriza a decir que, en la mayoría de los niños y
adolescentes en situación de riesgo, la trasgresión se erige como
manifestación visible de un sufrimiento invisible, al modo del mensaje en una
botella que tal vez viene naufragando desde hace tiempo sin que nadie se
interese en leerlo. Mensaje intentando conmover, movilizar y convocar a un
adulto que ordene su vida.
Cada historia es una novela única, pero en los niños y adolescentes en
riesgo social hay capítulos en común:
La desintegración familiar.
La ausencia de la figura del padre, quien es el agente trasmisor de la Ley.
Por lo tanto no aparece claramente delimitado lo permitido de lo prohibido.
La falta de armonía en la pareja, en la que cada uno parece no poder
abandonar los núcleos infantiles no resueltos, impidiéndose de este modo el
arribo a una paternidad real y responsable.
La falta de diálogo y la violencia familiar, en sus diversas manifestaciones,
como forma de vinculación.
Fallas en el deseo y reconocimiento de ese hijo y consecuentemente,
respuestas deficitarias a las demandas que todo niño emite.
Ante la falta de normativización, aparece una apresurada autonomía de los
niños, y la calle constituyéndose en el lugar donde aparecen las respuestas
que, como veíamos, en el hogar fueron deficitarias o nulas.
En la calle es dónde también se agrupan y se consolida la identificación
entre pares con características similares.
El consumo de diversas sustancias tóxicas se naturaliza y muchas veces es el
primer motor para la implicancia en actos transgresivos, en el intento por
conseguir el dinero para la droga.
Se privilegia la actuación impulsiva por sobre la palabra como herramienta y
forma de comunicación.
Por ultimo, y como escenario exclusivo, el sistema social y político cada vez
más precario y excluyente, que abandona al abandonado, soslayando el complejo
universo de los jóvenes perdidos, drogados, encerrados, que siguen buscando,
resistiendo, intentando encontrar significantes capaces de transformar sus
vidas, para algún día poder desprenderse de las marcas que los detienen,
desde la temprana infancia, lejos de toda posibilidad de crecimiento sano e
integración social.
Los jóvenes son quienes con sus actos denuncian donde trastabillan las
funciones de los adultos, por eso los adultos los usan, los mandan a la
guerra, les dan las armas y la droga, ofreciéndoles todo aquello que los
confunda, para que no hablen, porque cuando los jóvenes hablan, hablan de los
adultos y esa precisamente es la denuncia que nadie quiere oír. Los que
trabajamos con ellos somos testigos y por eso hoy estamos aquí, evidenciando
y compartiendo con ustedes la experiencia, para que no se continúe solamente
asistiendo y que esto sea el preludio para comenzar a confrontar,
verdaderamente, a quien se oculta detrás de cada niño en situación de riesgo,
un adulto irresponsable. Mientras los adultos continuemos distraídos, los
niños y adolescentes, con su natural insistencia, seguirán intentando
conmovernos y de mil formas, incluso con su propia muerte.
Para finalizar deseo compartir con ustedes unas breves palabras del
escritor Ernesto Sabato.
"…Quizá sean los chicos los que nos vayan a salvar. Porque ¿cómo vamos a
poder criarlos hablándoles de los grandes valores, de aquellos que justifican
la vida, cuando delante de ellos se hunden millares de hombres y mujeres, sin
remedios ni techos donde protegerse? (…) La falta de gestos humanos genera
una violencia a la que no podremos combatir con armas, únicamente un sentido
más fraterno entre los hombres la podrá sanar .
|